jueves, 11 de abril de 2013

Fragmentos de historia 1



Las primeras fuerzas francesas que participaron en la liberación de su nación en la noche del 5 de junio de 1944 fueron los integrantes del SAS, que fueron lanzados en Bretaña, muy por detrás de las líneas alemanas. Pero en 1941 la primigenia compañía de paracaidistas, que formarían parte de la futura brigada del SAS (Servicio de Acción Especial), estuvo a punto de no integrarse en esta unidad británica.


            El Legendario coronel David Stirling, fundador de SAS, que acababa de reunir al que sería precursor de este cuerpo armado, el llamado Long Range Desert Penetration Group. Su labor había sido hacer en tierra lo que la RAF no podía hacer desde el aire, es decir, destruir los aviones de la Luftwaffe que servía de apoyo al Afrika Korps de Rommel.
            Las primeras incursiones dirigidas por Stirling tras las líneas alemanas habían dado resultados tan espectaculares que recibió autorización para doblar sus efectivos.
            Pero ¿dónde encontraría al tipo de hombres bien entrenados y motivados que necesitaba?
            A Stirling le parecieron ideales Berger y sus cien paracaidistas de la Francia Libre. Berger y sus hombres, por su parte, se mostraron totalmente de acuerdo en integrar el cuerpo de élite. Pero había un problema: De Gaulle acababa de tener uno de sus habituales enfrentamientos con los ingleses, y había jurado que nunca permitiría que ningún soldado francés que estuviera bajo su mando volviera a servir a superiores británicos.
            Pese a ello, Stirling decidió ir a Beirut y hacer una visita al general. Le planteó sus razonamientos de la manera más convincente que pudo, y De Gaulle lo escuchó atentamente y se mostró comprensivo. Conocía de sobras el trabajo y la reputación de Stirling, pero aun así le dijo que, por lo que a él respectaba, su petición era inaceptable.
            De Gaulle acompañó a la puerta a un cariacontecido Stirling, que comentó que era la primera vez en su vida que como escocés testarudo no había conseguido lo que se había propuesto.
            – ¿Escocés? – le preguntó De Gaulle –. ¿Por qué no me lo ha dicho antes? Vuelva a entrar, por favor.
            Y así fue cómo, en recuerdo de la antigua alianza francesa con María, reina de los escoceses, Stirling consiguió sus cien paracaidistas franceses.
(pags. 119-120)

El orgulloso y arrogante general francés fue un quebradero de cabeza de británicos y norteamericanos. Consideraban, y probablemente con razón, que hacía su propia guerra para liberar Francia e impedir que esta cayera bajo el influjo comunista. Pero se le ha de reconocer que su actitud permitió que en 1945 representantes de Francia firmaran el acta de rendición incondicional del III Reich como una de las potencias vencedoras en la contienda.



En el bando alemán existía un veterano oficial, respetado como uno de los mejores comandantes de la Werhrmacht, que como comandante en jefe del Oeste, estaba al mando de la defensa de Francia en 1944. Consideraba el muro del Atlántico «simplemente un burdo farol», y como buen intelectual e inteligente oficial seguía la máxima de Federico el Grande «El que lo defiende todo no defiende nada».

            Al ponerse el sol el día 6 de junio de 1944 (…) Bien entrada la noche, el mariscal de campo Gerd von Rundstedt convocó a sus ayudantes de campo principales a una reunión en la sala de operaciones de su cuartel general para el frente occidental en Saint-Germain-en-Laye. El último caballero teutón había pasado el día lejos del estruendo y la innoble lucha del campo de batalla, examinando serenamente sus mapas y los informes de inteligencia.
            En realidad, había pasado gran parte de la mañana de la invasión entretenido en su jardín mientras protestaba, enfadado, por la negativa del cuartel general de Hitler a entregarle antes del amanecer las divisiones acorazadas de las Juventudes Hitlerianas y la 12ª de las SS.
            El general Gunther Blummentritt, su jefe de Estado Mayor, abrió la reunión informándole de la creciente convicción del Fremde Heere West, el centro de inteligencia del frente occidental de la Wehrmacht, y del cuartel general de Hitler, según la cual Normandía era una maniobra de distracción estratégica, una operación para engañarlos diseñada para forzar una reacción alemana prematura.
            El viejo mariscal de campo dirigió la información durante unos instantes y, tras analizar su mapa un par de minutos, declaró que Hitler, sus generales y los expertos en espionaje estaban equivocados.
            Según él, no iba a haber un segundo desembarco. Normandía era la invasión definitiva, todo lo que los aliados iban a emprender en suelo francés. Señaló el mapa. La enorme franja de costa que los aliados habían atacado indicaba que estaban preparando una enorme concentración de fuerzas.
            Les dijo al resto de los asistentes que miraran las divisiones que el mando aliado había puesto en juego en el ataque: la 1ª de Estados Unidos, las Ratas del Desierto británicas, la 6ª Aerotransportada y la 82ª. Eran las mejores divisiones de las fuerzas aliadas. ¿Acaso iban a desperdiciar las semejantes divisiones en una operación de distracción? Jamás.
(pag. 173)

El aristocrático von Rundstedt, se negó a pedirle personalmente a Hitler que activara las divisiones panzer el 6 de junio, al que llamaba “cabo bohemio”. Era una persona ambigua, que había aceptado enormes cantidades de dinero de Hitler, con el que compartía muchos de los prejuicios criminales. Nunca objetó al asesino de judíos a manos de los einsatzgruppen de las SS y como recuerda Antony Beevor en su libro ‘Día D. La batalla de Normandía’ había hablado de las ventajas de utilizar mano de obra esclava rusa en Francia. «Si no hacen lo que se les manda», comentó, «se les puede pegar un tiro sin más».
(pag. 44-45)


Autor: Larry Collins (1994)
Editorial: Planeta (2005)

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