
El día 15 de abril el general Dwight Eisenhower ordenó
que las tropas de los ejércitos aliados se detuvieran frente al río Elba, última
barrera natural hasta la capital del III Reich: Berlín. El Ejército Rojo había
rodeado la ciudad y se acercaba inexorablemente hacia el Reichstag. Mientras que más al oeste las fuerzas occidentales se
dirigían a ocupar el centro del país tras rodear el Ruhr, el “taller de
Alemania”, que se había convertido en la tumba del Grupo de Ejércitos B al
mando del mariscal de campo Model. Eran los últimos estertores de la guerra en
Europa.
El Generalfeldmarschall
Walther Model, que con su monóculo parecía el prototipo de oficial prusiano
(aunque de ascendencia mucho más modesta) era considerado un nacionalsocialista
ferviente y se le solía llamar “el bombero de Hitler” por haberse destacado en
batallas defensivas en los peores momentos del frente del Este. Pero su actitud
durante su última batalla fue bien distinta e incluso el mariscal Kesselring
dijo de él que durante aquellos días desplegaba una apatía y fatalismo no
dignos de su historial. Bien podría extrapolarse al resto del ejército alemán.
Con el Grupo de Ejércitos B completamente cercado y ya
dividido en dos bolsas, su último adversario directo, el mayor general Matthew
Ridway, comandante del XVIII Cuerpo de Ejército Aerotransportado, intentó
convencer a Model de la capitulación, escribiéndole el 15 de abril una carta
personal, cuyo fragmento aparece en el libro:
“Ni la historia ni
la profesión militar guardan testimonio de un carácter más noble, más brillante
en la estrategia bélica y más fielmente sometido al estado que el del general
estadounidense Robert E. Lee. Este mismo mes hará ochenta años de su honrosa
capitulación, producido cuando sus mandos leales, reducidos en número, quedaron
faltos de medios efectivos de defensa y completamente rodeados por un ejército
muy superior. Esta es la opción que se le ofrece; a la luz del honor del
combatiente, le ruego entregue las armas de inmediato, en aras de la fama del
Cuerpo de Oficiales alemanes y del propio futuro de su nación. Las vidas
alemanas que usted salve serán muy necesarias para devolver a su pueblo el
lugar que merece en la sociedad humana; las ciudades que usted preserve son
imprescindibles para el bienestar de su pueblo”.
Entre sus argumentos para declinar su rendición dijo que
estaba ligado con su juramento de lealtad a Hitler y en su sentido del honor
como Mariscal de Campo alemán (hasta que von Paulus lo hiciera en Stalingrado,
ningún mariscal alemán había osado rendirse). Aun así ese día decretó que todos
los jóvenes y ancianos bajo su mando fueran licenciados y enviados a casa como
civiles, pretendiendo preservar así sus vidas y su cautiverio como prisioneros
de guerra. El 16 autorizó al resto de sus soldados rendirse individualmente, tratar
de escapar de la bolsa hacia sus casas o hacia las propias líneas para seguir
la lucha. En los siguientes días se hicieron cerca de 320.000 prisioneros.
Ya rodeado le preguntó a uno de sus oficiales de estado
mayor “¿Hemos hecho, para justificarnos ante
la historia, todo lo que pudimos? ¿Qué le queda por hacer a un jefe derrotado?”
Se quedó en silencio unos momentos y luego añadió: “En la antigüedad, lo que hacía era tomar un veneno”. Se suicidó el
21 de abril de 1945 en una zona boscosa cerca de Duisburgo.
La obra:
Charles Whiting nos detalla las operaciones llevadas a
cabo por los ejércitos norteamericanos para cruzar el Rhin en Remagen, así como
el embolsamiento del Grupo de Ejércitos B en el Ruhr. El avance hacia el Elba y
la lucha para eliminar la resistencia dentro de la bolsa.
La edición:
La colección ‘Historia
del Siglo de la Violencia’ de la editorial San Martín ya tiene sus años (aparecieron
allá por los setenta) y ciertamente con el paso del tiempo se ha quedado
desfasada. Pero es precisamente eso lo
que les hace conservar cierto interés para ver la evolución de la
historiografía, que hasta la apertura de los archivos soviéticos en la época de
los noventa daba menos importancia a la participación soviética en la derrota
del III Reich. Así como la influencia de la Guerra Fría en los historiadores,
junto a la cercanía de los acontecimientos para comprobar su influencia. Por
ejemplo Charles Whiting se alistó a los 16 años y luchó en el 52º Regimiento de
Reconocimiento británico en el noroeste de Europa durante la 2ª Guerra Mundial.
Dentro de la colección, que estaba divida en cuatro
secciones: Armas, Batallas, Campañas, Personajes y Políticos, la calidad de las
obras es dispar y hay algunos libros que por su temática (como era mi caso a la
hora de leer esta obra) o narración aún conservan intacto su interés. Otros
probablemente no tanto. Además su pequeño formato los hacer fáciles de leer y
consultar. Una de las características de la colección es la gran cantidad de
imágenes, todas ellas en blanco y negro, que acompañan todas las obras, lo que hace
la lectura más amena. Aunque en ocasiones el exceso de fotografías puede
también tener la intención de distraer al lector del texto. En todo caso ilustran
magníficamente cómo eran las cosas durante la 2ª Guerra Mundial.
Aproximación
personal:

¿Pero realmente era tan controvertida la orden de
detenerse en el Elba? ¿Continuar hasta Berlín hubiera significado un cambio tan
importante en los venideros años de la Guerra Fría?
La primera razón para no atacar Berlín, el excesivo
número de bajas vaticinado por Bradley es ciertamente exagerado si tenemos en
cuenta que para la acabar con la bolsa del Ruhr: el Noveno Ejército tuvo 2.452
muertos, frente a la captura de cerca de 320.000 alemanes. Aun así podemos
pensar que para la defensa de Berlín, las tropas fanáticas de las SS y las Hitlerjugend, junto al resto del
ejército, acosados por los tribunales volantes en busca de desertores que
colgaba a cualquier sospechoso de derrotismo, hubieran plantado una encarnizada
lucha antes que la “Unión Jack” o la bandera de “Barras de Estrellas” ondeara
sobre el Reichstag. Aunque
posiblemente con menos determinación que como lo hicieron contra el Ejército
Rojo, la lucha calle por calle y casa por casa de Berlín hubiera sido por lo
menos costosa. Aunque el resultado hubiera sido el mismo: una cuidad reducida a
escombros y el suicidio del dirigente nazi.

¿Podemos pensar que Eisenhower ahorró vidas estadounidenses
a la espera de la lucha por Japón que se advertía encarnizada? Todo es posible.
¿Era necesaria la batalla del Ruhr? Desde un punto de
vista histórico posiblemente no. Se hubiera podido perfectamente acordonar la
zona y esperar que el mariscal Model y sus fuerzas se hubieran rendido por
hambre o los efectos del bombardeo. Pero el ímpetu americano no es muy amigo de
una guerra estática de asedio. Por otro lado Eisenhower recibió la orden de
destruir la maquinaria de guerra alemana cuando fue asignado al frente de las
fuerzas aliadas en Europa (‘Los secretos del día D’ Larry Collins, pag. 17), lo
que significa que no podía dejar intacto al Grupo de Ejército B. Había que
destruirlo por completo, estuviera entre las ruinas de la zona industrial del Ruhr
o en las llanuras antes de llegar al Elba. Y eso es lo que hizo.
LL. C. H.
Puntuación: 2,5 (sobre 5)
Título: La batalla de la bolsa del Ruhr
Autor: Charles Whiting
Traductor: Diorki
Editorial: Librería Editorial San Martín
(1974)
Colección: Historia del Siglo de la
Violencia. Batallas 10
Páginas: 160
ISBN: 84-7140-080-4
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