miércoles, 12 de junio de 2013

Sainte-Mère-Église


Heráldica de la guerra


01:40 horas del 6 de junio de 1944.

                Oleada tras oleada pasaron las formaciones. Eran los primeros aviones de la mayor operación aerotransporta jamás llevada a cabo hasta entonces: 882 aparatos que llevaban a trace mil hombres. Estos soldados de la 101ª y la 82ª Divisiones Aerotransportadas estadounidenses se dirigían a seis zonas de lanzamiento situadas en un radio de pocos kilómetros alrededor de Ste.-Mère-Église. Los soldados fueron saltando de los aviones, uno tras otro. Y mientas descendían y aterrizaban alrededor del pueblo, gran parte de ellos oyeron un incongruente sonido elevándose entre el fragor de la batalla: el tañido de una campana en la noche. Para muchos sería lo último que oyeran. Algunos soldados, arrastrados por una fuerte ráfaga de viento, cayeron en el infierno de la Place de l’Église, ante los fusiles de los centinelas alemanes colocados allí por una trágica fatalidad. El teniente Charles Santarsiero, que pertenecía al 506º regimiento de la 101ª División, estaba de pie en la puerta de su avión mientras pasaba por Ste.-Mère-Église. «Volábamos a ciento cincuenta metros de altura, y podía ver un gran incendio y a los alemanes corriendo debajo. Parecía haber una total confusión en tierra, se había armado una gorda. Nos disparaban con las antiaéreas y las armas cortas, y los pobres muchachos iban a caer directamente ahí en medio.»
                Casi en el momento de dejar su avión, el soldado John Steele, del 505º Regimiento de la 82ª División, vio que en vez de caer en una zona iluminada iba a hacerlo en el centro de un pueblo que parecía estar ardiendo. Entonces divisó a los soldados alemanes y a los civiles franceses corriendo frenéticamente y la mayoría, o eso le pareció, miraban hacia él. Instantes después sintió algo «parecido al corte de un afilado cuchillo». Una bala le había alcanzado en el pie. Luego se dio cuenta de algo que aún le alarmó más. Balanceándose colgando de sus arreos, comprendió sin poder hacer nada que su descenso le llevaba directamente al campanario de la iglesia, que estaba en un lado de la plaza.
(…)
                A los alemanes debió parecerles Ste.-Mère-Église era el objetivo del asalto de los paracaidistas, y lo cierto es que los vecinos que estaban en la plaza se creyeron atrapados en el centro de una importante batalla. La verdad es que muy pocos americanos, tal vez treinta, cayeron en el pueblo, y no más de veinte en la plaza. Sin embargo, fueron suficientes para crear el pánico en la guarnición alemana compuesta por cien hombres. Los refuerzos se precipitaron a la plaza, que parecía ser el punto principal del ataque y, según Renaud, algunos alemanes, al llegar de repente al sangriento escenario perdieron el control.
                Un paracaidista cayó en un árbol a unos cincuenta metros del lugar donde se encontraba el alcalde; casi inmediatamente, mientas intentaba frenéticamente desembarazarse de sus arreos, fue localizado. Como Renaud refirió «alrededor de media docena de alemanes vaciaron los cargadores de sus fusiles sobre él, y el muchacho quedó colgando con los ojos abiertos, como si mirara los agujeros que le habían hecho las balas».
                Atrapados en medio del tiroteo, los vecinos de la plaza no fueron conscientes de que por encima de sus cabezas seguía pasando la flota aerotransportada. Miles de hombres estaban saltando sobre las zonas de lanzamiento de la 82ª División, al noroeste del pueblo, y de la 101ª, al este y ligeramente a oeste, entre Ste.-Mère-Église y la playa Utah. De vez en cuando, debido a la dispersión del lanzamiento, paracaidistas de casi todos los regimientos caían en el pueblo. Uno o dos de estos hombres, cargados con municiones, granadas y explosivos plásticos, fueron a dar sobre el incendio de la casa. Al estallar la munición se oyeron breves chillidos, una serie explosiones y fuego de fusilería. 

                En medio de este horror y confusión, había un hombre en una posición especialmente precaria. El soldados Steele, con su paracaídas sujeto en el campanario de la iglesia, veía a los alemanes y los americanos disparándose en la plaza y en las calles adyacentes. Y casi paralizado por el terror, observó el rojo centelleo de las ametralladoras al tiempo que sentía a su alrededor el silbido de balas perdidas. Intentó desasirse, pero sin saber cómo, su cuchillo se deslizó de su mano y cayó a la plaza. Entonces Steele decidió que su única esperanza pasaba por hacerse el muerto. En los tejados, a pocos metros de distancia, las ametralladoras alemanas disparaban sobre todo lo que se les ponía al alcance, pero no a Steele. Se hizo el «muerto» en sus arreos de manera tal real, que el teniente Willard Young, de la 82ª División, recordaría al cabo de los años al «paracaidista muerto que colgaba del campanario». Permaneció en esa posición durante más de dos horas antes de que lo hicieran prisionero los alemanes. La tensión que le dominaba y el dolor que le producía la herida en el pie no le dejaban oír el tañido de la campana, que estaba a pocos metros de su cabeza.
(Pág. 151-154)


                En Ste.-Mère-Église, mientras los vecinos observaban tras los postigos cerrados, los paracaidistas del 505º Regimiento de la 82ª División se deslizaban cautelosamente por las desiertas calles. Ahora la campana de la iglesia estaba silenciosa. En el campanario colgaba fláccido el solitario paracaídas del soldado John Steele, y de vez en cuando saltaban ardientes brasas de la casa del señor Hairon, silueteando brevemente los árboles de la plaza. Alguna bala silbaba en la noche, pero era el único sonido: reinaba un incómodo silencio.
(…)
                [El teniente coronel Edward] Krause sacó una bandera americana del bolsillo. Esta vieja y gastada, era la misma que habían ondeado en Nápoles cuando entró el 505º. Leds había prometido a sus hombres que «antes del amanecer del Día D esta bandera ondeará en Ste.-Mère-Église». Se encaminó al ayuntamiento y en el asta colocada junto a la puerta, izó la bandera. No hubo ceremonia. En la plaza de los paracaidistas muertos había terminado la lucha. Las barras y estrellas ondeaban en el primer pueblo de Francia liberado por los estadounidenses.
                En el Cuartel General del 7º Ejército alemán, en Le Mans, se recibió un mensaje del general Marcks del 84º Cuerpo que decía:
                «Cortadas las comunicaciones con Ste.-Mère-Église…»
                Eran las cuatro y medio de la mañana.
(Pág. 180-182)


Aproximación Personal:
Los sucesos en Sainte-Mère-Église han quedado como parte de la leyenda de la 2ª Guerra Mundial y en especial del Día D y la batalla de Normandía. Ciertamente el suceso casual del aterrizaje de los paracaidistas en plena plaza no fue peor destino que muchos otros compañeros: abatidos por el fuego antiaéreo alemán, ahogados en las marismas de la península de Cotentin, o incluso en el mismo océano. Pero esta vez hubo testigos que vieron descender a estos “soldados del cielo”. Además Sainte-Mère-Église era uno de los objetivos del Día D al ser el cruce de caminos que salía de la playa Utah y a la postre el primer pueblo liberado de la Francia continental.

Actualmente en esta pequeña población de la Baja Normandía se encuentra el ‘Musée Airborne’ en memoria de las tropas aerotransportadas de la 82ª y 101ª divisiones que liberaron la villa. Además en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, permanece colgado del campanario un maniquí con un paracaídas que representa a John Steele. En el interior la vidriera del crucero norte están representados dos paracaidistas junto a la Virgen María y otro está dedicado al regimiento 505ª de la 82ª División junto al Arcángel Miguel. Y el escudo heráldico del pueblo muestra la iglesia con la letras A & M, flanqueada por dos estrellas descendiendo en paracaídas con fondo azul, con el leopardo, símbolo de la región, sobre gules.

Tal vez estos sean los mayores tributos por parte de la población que fue liberada por aquellos paracaidistas que cayeron del cielo durante la negra noche de la ocupación nazi.

LL. C. H.

Autor: Cornelius Ryan
Editorial: Inédita ediciones

jueves, 6 de junio de 2013

El día más largo


"Se podrá de puntillas cuando se nombre este día"


«Quien sobreviva a este día, y regrese salvo a casa / Se pondrá de puntillas cuando este día sea nombrado…» con estas inmortales palabras de William Shakespeare terminó la arenga el comandante C.K. “Banger” King, de la 3ª División británica, que iba a desembarcar en la playa Sword durante la primera oleada el 6 de junio de 1944. (pág. 201) Mientras tanto el contraalmirante Jaujard, a bordo del crucero ligero Montcalm de la Francia Libre, justo antes de iniciar el bombardeo naval, les decía a sus hombres: «C’est une chose terrible et monstrueuse que d’être obligé de tirer sur notre propre patrie, mais je vous demande de le faire aujourd’hui.» (Es una cosa terrible y monstruosa tener que disparar sobre nuestra propia patria, pero os pido que lo hagáis hoy). (pág. 207)


El desembarco de Normandía es posiblemente el episodio bélico por excelencia de la 2ª Guerra Mundial (por lo menos para occidente) por diversos motivos. Tras la retirada de Dunkerque y la derrota e Francia en 1940 prácticamente todo el continente Europeo estaba bajo la ocupación de Hitler. Por lo que la única manera de acabar con el III Reich era invadir su territorio y eso solo se podía lograr atravesando sus fronteras. Para ello era necesario que las tropas aliadas occidentales desembarcar en Francia para seguir hacia Alemania. Pero de todas las operaciones militares el desembarco anfibio es la más complicada y arriesgada de llevar a cabo. Con solo una pequeña cabeza de playa para afianzar las posiciones, con las líneas de suministros  débiles, frente a un enemigo mejor atrincherado en posiciones defensivas preparadas de antemano, con una mayor capacidad de maniobra y una superioridad numérica mayor. Era lo más parecido a los ataques contras las trincheras del Frente Occidental durante la 1ª Guerra Mundial.

Obviamente las guerras no se ganan o se pierden en un solo día, pero si es cierto que hay días decisivos. Uno de estos es indudablemente el 6 de junio de 1944. Para ello los aliados desplegaron para asegurarse la victoria sobre todo dos factores: la superioridad aérea y terrestre (que se iría consiguiendo paulatinamente) y la sorpresa del lugar del desembarco, para lo cual contaban con las artimañas de engaño de la operación Fortitude (Secretos del día D). Aun así no las tenían consigo: la estimación de bajas entre las tropas aerotransportadas se calcularon que sería de un 80%. Por lo que no es extraño que el general Eisenhower fuera a visitar el 5 de junio la compañía E del 502 Regimiento paracaidistas de la 101º División Aerotransportada.


La obra:
Cornelius Ryan nos narra los acontecimientos de aquellos que participaron en la batalla que se libró en las playas de Normandía, desde la perspectiva de quienes se encontraban a ambos lados de la orilla. Es una narración de los hechos hecha de los protagonistas: anónimos y los no tan anónimos de aquellos días, conseguida a través de documentos oficiales y entrevistas, sin a portar un análisis de los hechos. Aunque, como en el caso de “Un puente lejano”, tampoco es la intención de su autor. Que como corresponsal de guerra durante 1944, estuvo en los mismos campos de batalla de Normandía.

El libro de Ryan es la detallada reconstrucción del Día D, relatándonos minuciosamente los días antes del importante ataque desde todos los participantes, por eso es un texto tan interesante. Desde la nerviosa espera alemana, lo que sintieron los franceses durante las primeras horas de la liberación de su país y el valor de las fuerzas atacantes.

He de reconocer que la primera vez que leí el libro, no hace muchos años, me dejó un cierto sabor agridulce. Posiblemente me esperaba una obra más parecida a la película basada en el libro de Ryan. Pero la producción de Darryl F. Zanuck rodada en 1962, a pesar de contar con el propio Ryan como guionista, se aleja más del texto que la película dirigida por Richard Attenborough en 1977. Y re-leerlo ahora, tras haber hecho lo mismo con ‘Un puente lejano’ me ha hecho que lo apreciara más. Aun así me quedo con el libro ‘Un puente lejano’ ya que se ve la madurez del autor, mucho más ducho a la hora de sacar la esencia de la historia que en ‘El día más largo’.


La edición:
Historia Inédita nos presenta una obra sobresaliente, editada con rigor y pulcritud. Las notas del autor a pie de página, lo que hace la lectura más fluida y las fotografía que aparecen muestran muchos de los protagonistas de la historia que el libro nos relata. Las cuales además cuentan con las aclaraciones del propio Ryan. Además en la parte final cuenta con un Índice alfabético, lo que permite una rápida búsqueda de temas, personajes o unidades implicadas durante aquel día, el más largo para ambos contendientes.


Aproximación personal:
Cuando uno piensa en el Día D recuerda las inmortales imágenes borrosas de Robert Capa, con los soldados atravesando un infierno de fuego y plomo. Tal vez de las playas llenas de equipo siendo desembarcado desde los transportes. O de un paracaídas colgando solitariamente del campanario de la iglesia de Ste Mère-Eglise.


El miedo es innato en el hombre, es una parte esencial de nuestro instinto de supervivencia. Por eso cuando uno piensa en esos jóvenes que lucharon en las playas y zonas pantanosas de Normandía el 6 de junio solo se puede sentir respeto y admiración. ¿Por qué lo hicieron? Los soldados alemanes para defender su país, los más fanáticos por una ideología racista e insana que se ocultaba tras un nacionalismo fanático. En cambio aquellos paracaidistas que saltaron envueltos en las tinieblas de la noche hacia un lugar desconocido y peligroso y los soldados que descendían de las lanchas de desembarco hacia una playa teñida de rojo por la sangre de sus camaradas, lo hacían para defender la democracia y la libertad (tal vez este argumento sea algo simplista o idealista, pero Alemania era una nación agresora y en Normandía se enfrentaban las fuerzas de numerosos países democráticos que en algunos casos habían sido invadidos por el régimen nazi sin que se mediara provocación como Polonia, Bélgica, Holanda, Noruega o la propia Francia, por lo que tal vez no sea tan simple decir esto) ¿Qué tributo podríamos ofrecerles nosotros, que 69 años después leemos sobre sus hazañas en un país que ahora goza de la democracia que ellos defendían? Primero el más alto de los respetos y admiración, porque desconocían la mayor parte de las atrocidades cometidas por el régimen contra el que luchaban. Y segundo nuestro agradecimiento por los que murieron en aquellas playas y en los valles y montañas que vinieron a continuación hasta que por fin los cañones callaron.

Aunque probablemente el mayor elogio que podamos darles a los valientes hombres que tomaron parte en el desembarco de Normandía lo escribió el universal William Shakespeare para su obra “Enrique V” en 1599:

El que sobreviva a este día, y vuelva a sano a casa,
Se podrá de puntillas cuando se nombre este día.
Nosotros pocos, felices pocos, nosotros, grupo de hermanos;
Pues el que hoy vierta conmigo su sangre
será mi hermano; por villano que sea,
este día le hará de noble rango:
y muchos caballeros de Inglaterra, que ahora están en la cama
se considerarán malditos por no haber estado aquí,
y les parecerá mísera su valentía cuando hable alguno
que combatiera con nosotros el día de San Crispín…

LL. C. H.

Puntuación: 4 (sobre 5)
Título: El Día Más Largo
Título original: The Longest Day
Autor: Conelius Ryan
Traductor: Aurora Ortiz de Zárate Aguirresarobe
Año: 1959
Editorial: Inédita Ediciones (2004)
Colección: Historia Inédita
Páginas: 344
ISBN: 84-96364-00-3