viernes, 12 de julio de 2013

El Día D

Muerte en Normandía


                Como en cualquier otro ejército, la actuación en combate de las tropas americanas de los distintos batallones fue muy variada. Durante la batalla del bocage, algunos reclutas empezaron a vencer su terror a los Panzers alemanes. El soldado Hicks, del 22º de Infantería, integrado en la 4ª División, logró destruir tras tanques Panther en tres días con su bazooka. Aunque murió dos días después, la confianza en las bazooka como arma antitanque siguió aumentando. El coronel Teague, del 22º de Infantería, oyó contar una anécdota a uno de sus hombres encargados de manejar la bazooka. «Mi coronel, aquel tío era un gran hijo de puta. Parecía que toda la carretera estaba llena de tanques. Seguía avanzando  y parecía que fuera a destruir el mundo entero. Disparé tres veces y el hijo de puro no paraba.» El hombre hizo una pausa, y Teague le preguntó qué había hecho entonces. «Me fui corriendo por detrás y disparé. Entonces se detuvo.» Algunos oficiales jóvenes estaban tan animados con la idea de hacer cacerías de Panzer que hubo que ordenarles que dejaran de hacerlo.
                En cinco días de combates en los pantanos y en el bocage, sin embargo, el 22º de Infantería sufrió 729 bajas, entre ellas el oficial al mando del batallón y cinco jefes de compañía de fusileros. «A la Compañía G le quedaban sólo cinco suboficiales que llevaban con la unidad más de dos semanas. Cuatro de ellos, según el sargento primero, había sufrido episodios de fatiga de combate y no se habría tolerado que continuaran como suboficiales si hubiera habido otros a quienes echar mano. Debido a la falta de suboficiales eficaces, el oficial al mando de la compañía y el sargento primero tenían que recorrer el campo y sacar a los hombres de sus trincheras a puntapiés cunado arreciaba el fuego, sólo para que volvieran a esconderse de nuevo en ellas en cuando se habían ido.»
(Pág. 314)


                Además de detestar instintivamente cualquier pérdida importante a raíz de su experiencia en la primera guerra mundial, Montgomery creía tener una razón de mucho más peso para mantener una actitud de cautela en sus ofensivas. Pero no hablaba con Eisenhower de la falta de hombres. Los británicos temían perder prestigio y poder. A Churchill le preocupaba que el reconocimiento de la debilidad británica redujera su influencia sobre Roosevelt cuando llegara el momento de decidir el futuro de la Europa de postguerra. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo antes de que el XXI Grupo de Ejército de Montgomery se viera obligado a disolver la 59ª División con el fin de reforzar otras formaciones. (…)
                La reticencia de Montgomery a sufrir bajas en Normandía ha sido durante mucho tiempo objeto de numerosas críticas. Pero probablemente los errores sean más institucionales que personales. La desalentadora actuación de sus tres divisiones veteranas, la 7ª Acorazada, la 50ª Northumbrian y la 51ª Highland, puso de manifiesto el cansancio de la guerra que sufría buena parte del ejército británico. La aversión al riesgo se había convertido en un sentimiento generalizado, y raras veces se aprovechaban las oportunidades. Los repetidos fracasos en los intentos de romper el frente alemán alrededor de Caen fueron inevitablemente en detrimento de una actitud más agresiva. Cada vez más, el 2º Ejército en Normandía prefirió confiar en el excelente apoyo de la artillería británica y en el poder aéreo aliado. La idea de que los proyectiles más explosivos salvaban vidas británicas se convirtió en una adicción. Pero ni que decir tiene que no salvaron vidas francesas, como demostraría de forma harto elocuente la siguiente ofensiva lanzada por Montgomery.
(Pag. 332)


                El 17 de julio el standartenführer Kurt Meyer, comandante en jefe de la División de las SS Hitler Jugend, recibió la orden de informar de la situación al mariscal Rommel en el cuartel general del I Cuerpo Acorazado de la SS de Dietrich. El grueso de su división se había retirado cerca de Livarot para poder descansar y recuperar fuerzas tras el descalabro vivido en Caen. Rommel preguntó a Meyer cuál era su valoración del inminente ataque de los británicos. «Las unidades pelearán y los soldados seguirán muriendo en sus posiciones», comentó Meyer «pero no podrán impedir que los tanques británicos pasen por encima de sus cadáveres y avancen hasta París. La abrumadora supremacía aérea del enemigo hace que se prácticamente imposible llevar a cabo una maniobra táctica. Los cazabombarderos atacan incluso a nuestros correos miliares».
                Rommel se exaltó con la conversación. Habló de cómo lo exasperaba el OKW, que seguía negándose a escuchar sus advertencias. «Ya no se creen mis informes. Debe hacerse algo. La guerra en el oeste tiene que acabar… ¿Pero qué ocurrirá en el este?»
(Pág. 389)


                Las familias francesas que se negaban a abandonar sus granjas corrieron mucho peligro durante los combates. «Recuerdo una escena conmovedora que nos emocionó a todos», evoca el oficial James H. Watts de un batallón químico. «Pasó por delante de nuestra posición una familia que llevaba el cuerpo de un niño tendido encima de una puerta. No sabíamos cómo había muerto. El dolor pintado en los rostros de aquella familia inocente nos afectó a todos e hizo que nos emocionáramos por los habitantes de la comarca y lo que debían de estar pasando.»
                A veces, los campesinos franceses y sus familias, al ver un soldado muerto, colocaban el cadáver junto a un crucifijo al pie del camino y le ponían unas flores, a pesar de hallarse atrapados en medio de aquella lucha cada vez más despiadada.
(Pág. 369)


                La ferocidad de los combates en el noroeste de Francia es incuestionable. Y a pesar de los irónicos comentarios de la propaganda soviética, la batalla de Normandía fue sin duda comparable a la librada en el frente oriental. Durante los tres meses de aquel verano, la Wehrmacht sufrió casi 240.000 bajas y perdió a otros 200.000 hombres que cayeron en manos de los aliados. El XXI Grupo de Ejército de británicos, canadienses y polacos tuvo 83.045 bajas, y los americanos, 125.847. Además, las fuerzas aéreas aliados perdieron a 16.714 hombres entre muertos y desaparecidos. (Pág. 653)
                Las pérdidas alemanas en el frente oriental fueron por término medio inferiores a los mil hombres por división al mes. En Normandía esa media fue de dos mil trescientos hombres por división y mes. Los cálculos para obtener unas cifras comparables en el caso del Ejército Rojo resultan mucho más complicados, pero parece que las bajas fueron bastante menos de mil quinientos hombres por división al mes. Las bajas de los aliados en Normandía se acercan a unos dos mil hombres por división al mes por término medio. (Pág. 141)
                El cruel martirio de Normandía había servido efectivamente para salvar el resto de Francia. No obstante, el debate sobre el excesivo número de víctimas de los bombardeos y la artillería de los aliados está condenado a seguir vivo. En total perecieron 19.890 civiles en Francia durante la liberación de Normandía, y el número de heridos graves fue mucho mayor. A estas cifras hay que añadir los 15.000 muertos y los 19.000 heridos de los primeros cinco meses de 1944, durante el bombardeo preparatorio de la Operación Overlord. Los 70.000 civiles muertos en Francia por la acción de los aliados en el curso de la guerra son motivo de honda reflexión… (Pág. 649)


La obra:
Probablemente el fallo del libro (tanto en la edición británica, como española) sea su título: ‘El Día D. La batalla de Normandía’ tendría que haber sido ‘La batalla de Normandía’ ya que el texto de Beevor se extiende desde los preparativos inmediatos al desembarco hasta la liberación de París. Por lo que el lector se encuentra con un relato exhaustivo de una de las campañas más sangrientas de la 2ª Guerra Mundial, no solo de los desembarcos del 6 de junio de 1944.


De esa manera la ágil escritura de Beevor mezclar con gran habilidad las vivencias de los implicados, con el análisis de los sucesos y la descripción de los mismos. En una justa medida que de sus textos por una parte tan accesibles al público no más profano en la materia y por otra a los expertos les permite tener una visión amplia de los sucesos tratados. Al buscar las motivaciones de los protagonistas o las diversas fuerzas implicadas y no solo al describir los sucesos, salpicando estos con diferentes puntos de vista al recoger comentarios y memorias, tantos de los líderes más destacados, como de los soldados anónimos.

En ‘El Día D’ quería constatar la crudeza de la batalla y el texto no escamotea, ni reduce en ejemplos de esa brutalidad, tanto para los civiles atrapados o ejecución de prisioneros por parte de todos los contendientes. Haciendo la narración más humana, más cercana, menos fría, pero igual de brutal, recordándonos que los protagonistas eran personas, como sus lectores actuales.


La edición:
Crítica sigue con su presentación clara, bien estructurada que permite una fácil lectura. En primer lugar los mapas están insertados en los mismos capítulos que las acciones narradas entre el texto, lo que permite visualizar o localizar con rapidez la acción, sin necesidad de desplazarse dentro del libro ver dicho apoyo visual. Mientras que la edición cuenta con dos tipos de nota: aquellas que se limitan a la mención de la fuente básica, que están situadas en la parte final del libro. Y las aclaratorias o que aportan información adicional, que se encuentran a pie de página lo que facilita la lectura y comprensión de los hechos de una manera rápida. Probablemente una de las mejores ediciones que tengo.


Aproximación personal:
Los libros que leemos nos describen hechos ocurridos hace tiempo, batallas libradas por soldados anónimos, lideradas por generales famosos. Los combates ocurridos en la playa, en el bocage, los bombardeos de artillería y la aviación, los ataques con tanques, los contraataques, la destrucción causada. Y finalmente las bajas de los que cayeron en combate. Terribles estadísticas que solo nos cuentan lo que ocurrió, muertos y heridos producidos, sin centrarse en el sufrimiento causado. La lucha por liberar Normandía fue encarnizada por ambos bandos y no solo las aguas de la playa Omaha se tiñeron de rojo. Y Beevor es lo que consigue transmitir en su obra.

Los LST contaban con un equipamiento especial para el traslado de los heridos a los hospitales de base de Inglaterra. «Había camillas colocadas en soportes sobre los mamparos de la cubierta de los tanques», comentaba el ayudante de farmacia Ralph Crenshaw del LST-44, «y formaban varios pisos». El estado que presentaban algunos de los prisioneros de guerra herido era realmente espantoso. «Un prisionero alemán que fue subido a bordo en camilla tenía el cuerpo enyesado desde los tobillos hasta el pecho. Nos suplicaba ayuda al médico del barco y a mí. Nos llamaba, “camarada, camarada”. Con mi asistencia, el médico de nuestro barco rompió el yeso, y lo que vio fue que aquel conmovedor ser humano estaba siendo devorado por una multitud de gusanos. Le sacamos el yeso, lo limpiamos, lo lavamos y le dimos analgésicos. Pero ya era demasiado tarde. Murió en paz aquella noche.»
(Pág. 262-263)

La historia de este soldado alemán herido, que estaba siendo evacuado a Inglaterra me puso los pelos de punta. Por la crudeza y al mismo tiempo la ternura con que está contada por el ayudante de farmacia. No nos pone un nombre a su rostro, porque podría ser cualquier rostro. Pero sí nos habla de lo que el ser humano puede sufrir hasta extremos incomprensibles y de la compasión por nuestros congéneres que podemos tener, sean quienes sean.

 LL. C. H.

Puntuación: 5 (sobre 5)
Título: El Día D. La batalla de Normandía
Título original: D-Day. The battle for Normandy
Autor: Antony Beevor
Traductor: Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda
Año: 2009
Editorial: Crítica (2009)
Colección: Memoria Crítica
Páginas: 762
ISBN: 978-84-9892-020-8

jueves, 4 de julio de 2013

Camiones británicos en la Wehrmacht


De Dunquerque a Moscú


El uso de material capturado al enemigo es tan antiguo como la guerra misma. Pero durante la 2ª Guerra Mundial la Wehrmacht, conocedora perfectamente de su carencia del material motorizado necesario para librar la guerra moderna en que estaba involucrada, creó todo un sistema de recuperación de armamento y equipo enemigo institucionalizado y organizado (como buenos alemanes que eran) para aprovechar todo lo que caía en sus manos. Tal vez los vehículos más famosos serían Max y Moritz (los protagonistas de un cuento infantil), utilizados por el mariscal Rommel en el Norte de África, que eran dos vehículos de mando ACV 4x4 británicos, apodado Dorchester por los soldados ingleses (el nombre de un hotel de cinco estrellas londinense) y Mammuth por los alemanes. O los vehículos acorazados aliados de la operación Greif usados durante la batalla de las Ardenas. Pero estos solo eran la punta del iceberg de todos aquellos vehículos  utilizados por los alemanes.

La adquisición de vehículos se dividía en 3 tipos: los capturados en el frente o beutefahrzeuge (vehículos de botín), los producidos e fábricas ocupadas y los requisados a la población civil.

Los eran los vehículos capturados y usados por unidades militares de primera línea. Estos solían enviarse posteriormente a depósitos especializados, una de cuyas organizaciones era el Zentrakraft-Ost, dedicada a preparar estos vehículos para la operación Barbarroja. Donde se estandarizaban las piezas de recambio antes de asignar el vehículo a otra unidad. La campaña del oeste proporcionó 200.000 vehículos de todas clases que fueron distribuidos a las diferentes ramas de la Wehrmacht.

Hay más: como los tanques diseñados y fabricados en Chechoslovaquia, denominados Panzer 38(t). Se fabricaron 1.400 de estos tanques hasta 1942 y que fueron usados en todos los frentes en que luchó la Wehrmacht desde Polonia hasta la URSS. El Renault R-35 fue profusamente usado en segunda línea y sus torretas, al igual que las del Panzer 38(t) fueron usadas como puestos fijas a lo largo del Muro del Atlántico y otras líneas de defensa estáticas.

  
La obra:
Cuando el BEF desembarcó en Francia era uno de los ejércitos más motorizados y modernos de su tiempo. Cuando el humo se disipó de las playas de Dunkerque, la operación Dynamo había evacuado a 338.226 soldados británicos y franceses, pero tras ellos quedaba todo el material, que incluía el equivalente de 84.486 toneladas de motocicletas, automóviles, camiones y otros vehículos militares; 2.872 toneladas de piezas de artillería y 598.000 toneladas de armas individuales, munición y otros medios de apoyo.

El libro recoge la historia y los modelos de muchos de estos vehículos británicos que una vez en manos de los alemanes sirvieron en todos los frentes donde estos combatieron.


La edición:
La cuidada presentación de Alcañiz Fresno’s Editores empieza por la realización de los perfiles de los vehículos mencionados en el libro, que no existen en la edición original. Para su confección además se tuvo se tuvo un cuidado especial a la hora de otorgarle los colores y tonos correspondientes. Son un auténtico deleite para todo aficionado a vehículos y armamento.

Las imágenes, todas ellas de gran calidad, proceden además de colecciones privadas, por lo que no son muy habituales y le añaden un aliciente más por su curiosidad.


Aproximación personal:
Interesante tema, que aunque pueda parecer una anécdota, alustra la manera de hacer la guerra que tenían los alemanes, para la que no estaban preparados materialmente (nadie podrá negar que motivados estaban).

Siempre se ha hablado de la gran cantidad de modelos diferentes de vehículos que utilizó la Wehrmacht en la 2ª Guerra Mundial y que provocaba un auténtico problema logístico. En comparación sus enemigos utilizaban un puñado limitado de tipos diferentes, ayudando a la logística mucho más estandarizada. Pero esto es solo una parte del problema. En el inicio de la operación Barbarroja se disponía de una flota de 800.000 vehículos propios y 200.000 beutefahrzeuge. Al finalizar el invierno 1941-42 se habían perdido 22.49 motocicletas, 18.292 automóviles, 31.143 camiones y 2.252 tractores. Durante ese mismo periodo la industria alemana había fabricado: 938 motocicletas, 2.469 automóviles, 3.542 camiones, 492 tractores.

Los alemanes no es que tenían demasiados vehículos diferentes, es que no podían fabricar suficientes vehículos y tuvieron que usar lo que encontraron, ampliando así el problema logístico.

Las cifras hablan por sí solas: la industria alemana no estaba preparada para una guerra prolongada y esa carrera la perdieron.







Puntuación: 3 (sobre 5)
Título: De Dunquerque a Moscú. Camiones británicos en la Wehrmacht
Título original: British Military trucks in Wehrmacht service
Autor: Jochen Vollert
Ilustrador: Julio López Caeiro
Traductor: Francisco Fresno
Año: 2011
Editorial: Alcañiz Fresno’s Editores (2011)
Colección: Armas de guerra IV
Páginas: 96
ISBN: 978-84-96935-33-4


Links: